COLUMNA DE OPINIÓN
Hay una escena que se repite todos los días en millones de hogares: un niño, una niña o un adolescente está sentado frente a nosotros, pero su atención está en otra parte. Está en una pantalla. Está mirando una vida que no es la suya, comparándose con personas que probablemente tampoco muestran su vida real, esperando un “me gusta”, una respuesta, una reacción o simplemente que alguien lo vea. Y mientras creemos que solamente está usando el celular, quizá está construyendo, sin que lo sepamos, una parte importante de la imagen que tiene de sí mismo.

No se trata de declarar una guerra contra las redes sociales. Sería ingenuo hacerlo. Las redes también conectan, enseñan, permiten expresarse y, para algunos niños y adolescentes, pueden ser espacios importantes de pertenencia. Pero precisamente porque ocupan un lugar tan grande en sus vidas, tenemos que preguntarnos si estamos entregando demasiado pronto una parte de su desarrollo emocional a plataformas que fueron diseñadas para captar y mantener nuestra atención.
La preocupación ya no es solamente una conversación de padres, docentes o psicólogos. Se está convirtiendo en una conversación de salud pública y de política pública internacional. La Organización Mundial de la Salud ha señalado que los entornos digitales pueden producir beneficios, pero también riesgos para la salud mental de niños y adolescentes, entre ellos el ciberacoso, los estándares corporales poco realistas, los contenidos relacionados con autolesiones y los modelos algorítmicos que pueden amplificar determinados riesgos. En Europa, el estudio HBSC de la OMS encontró que el uso problemático de redes sociales entre adolescentes aumentó del 7 % en 2018 al 11 % en 2022.
Y entonces aparece una pregunta que ya no podemos seguir aplazando: ¿a qué edad debería un niño comenzar a tener una cuenta propia en una red social?
Aquí es importante ser rigurosos. No existe hoy una edad única y universal que la Organización Mundial de la Salud o UNICEF hayan establecido como “la edad recomendada” para comenzar a utilizar redes sociales. De hecho, UNICEF advierte que las restricciones de edad pueden ser una herramienta de protección, pero que por sí solas no garantizan la seguridad de los niños y deben acompañarse de diseño seguro, responsabilidad de las plataformas, educación digital, participación de los propios niños y acompañamiento familiar.
Sí existe, sin embargo, una referencia concreta desde la pediatría. La American Academy of Pediatrics recomienda esperar hasta, al menos, los 13 años para iniciar cuentas en redes sociales como Instagram, Snapchat o TikTok, y aclara que cumplir 13 años no significa automáticamente que todos los adolescentes estén preparados. La propia Academia señala que la madurez, el pensamiento crítico, la capacidad de seguir normas y las circunstancias individuales deben formar parte de la decisión.
Pero el mundo está avanzando incluso más allá de esa referencia de 13 años. Australia se convirtió en un caso emblemático: desde el 10 de diciembre de 2025, las plataformas sujetas a la normativa deben tomar medidas razonables para impedir que los menores de 16 años tengan cuentas en determinados servicios, entre ellos Instagram, Facebook, TikTok, Snapchat, YouTube y X. No significa que un menor de 16 años no pueda ver contenido público sin iniciar sesión, pero sí que las plataformas deben impedirle mantener una cuenta en los servicios cubiertos.
Francia, por su parte, estableció una regla de 15 años para el acceso a determinados servicios de redes sociales sin autorización parental, dentro de su marco legal, y en agosto de 2026 promulgó una nueva ley orientada a proteger a los menores frente a los riesgos asociados al uso de redes sociales. España ha impulsado una reforma para elevar de 14 a 16 años la edad mínima de registro en redes sociales y ha promovido mecanismos de verificación de edad; además, España y otros diez gobiernos europeos solicitaron a la Comisión Europea medidas efectivas de verificación de edad para proteger a los menores.
El movimiento internacional no termina allí. En julio de 2026, la OMS señaló que Australia está aplicando una normativa para impedir cuentas de menores de 16 años; mencionó las medidas de Francia, Indonesia y las iniciativas anunciadas por España, Irlanda, Reino Unido y Canadá. UNICEF, en su análisis mundial publicado en 2026, señaló que cerca de 40 jurisdicciones estaban discutiendo, proponiendo, adoptando o implementando restricciones basadas en edad. Es decir, el debate dejó de ser una discusión aislada: el mundo está buscando nuevas reglas para proteger a la infancia en los espacios digitales.
Pero aquí quiero hacer una advertencia importante: poner una edad mínima no resuelve por sí solo el problema. Un niño puede tener 15 años y no estar preparado emocionalmente para determinados contenidos; otro puede tener 16 y estar atravesando una situación de vulnerabilidad que haga especialmente riesgoso determinado uso. La edad es una barrera de protección, no un certificado de madurez emocional.
Y aquí aparece uno de los grandes riesgos: la comparación permanente. Las redes ofrecen una vitrina donde casi todo parece perfecto. Viajes perfectos, cuerpos perfectos, familias perfectas, relaciones perfectas, éxitos permanentes. El adolescente mira esa vitrina y puede terminar comparando su vida cotidiana —con sus inseguridades, errores, problemas familiares y días malos— con una versión cuidadosamente seleccionada de la vida de los demás. Cuando esa comparación se vuelve cotidiana, puede afectar la autoestima, la percepción corporal y la manera de relacionarse consigo mismo.
También está el ciberacoso. Una burla que antes terminaba al salir del colegio puede continuar durante la noche, el fin de semana y las vacaciones. Una fotografía puede circular sin control. Un comentario puede convertirse en una humillación pública. Y para un adolescente que todavía está construyendo su identidad, sentirse rechazado por su grupo puede ser vivido como si el mundo entero le estuviera diciendo que no pertenece.
Por eso hablar de redes sociales es hablar de identidad. Y hablar de identidad es hablar de salud mental escolar.
La adolescencia es precisamente una etapa en la que se construyen habilidades sociales y emocionales fundamentales: gestionar las emociones, afrontar dificultades, resolver problemas, establecer vínculos y desarrollar una identidad propia. Si durante esa etapa dejamos que buena parte de la validación emocional dependa de una pantalla, estamos entregando una responsabilidad enorme a plataformas cuyo modelo de funcionamiento está basado, en gran medida, en mantener nuestra atención.
Necesitamos dejar atrás dos extremos igualmente peligrosos. El primero es decir: “las redes son malas, quitémosles el celular”. El segundo es decir: “ellos saben usarlas, no pasa nada”. Ninguno responde a la realidad. Lo que necesitamos es educación digital con enfoque de salud mental.
Eso significa enseñar a nuestros niños a reconocer cuándo una red social les está haciendo bien y cuándo les está haciendo daño. Significa hablar de comparación, autoestima, privacidad, ciberacoso, presión social, contenidos perjudiciales, algoritmos y huella digital. Significa enseñarles que bloquear a alguien no es cobardía, pedir ayuda no es debilidad y desconectarse también puede ser una forma de autocuidado.
Pero también significa educar a los adultos. Porque no podemos pedirles a nuestros hijos que se desconecten mientras nosotros cenamos mirando el teléfono. No podemos hablar de presencia emocional mientras respondemos mensajes durante una conversación con ellos. No podemos pedirles límites que nosotros mismos no somos capaces de establecer.
La familia tiene un papel irremplazable. La escuela también. Y el Estado tiene una responsabilidad de política pública que no puede limitarse a campañas ocasionales. Necesitamos reglas claras de edad y verificación, plataformas responsables, protección de datos, diseño apropiado para cada etapa del desarrollo, mecanismos eficaces contra el ciberacoso y contenidos dañinos, formación para docentes y familias, y rutas claras de atención cuando una experiencia digital empieza a afectar el bienestar emocional de un estudiante.
Colombia no debería mirar este debate como un asunto exclusivamente tecnológico. Es también un asunto de salud pública, educación, protección de derechos y salud mental escolar. La pregunta no debería ser únicamente qué aplicación usa un niño, sino qué condiciones necesita para desarrollarse de manera segura en un mundo en el que lo digital y lo presencial ya no están separados.
Tal vez por eso la pregunta más profunda no sea cuánto tiempo pasa un adolescente frente a una pantalla. La pregunta es qué está viviendo mientras está frente a ella.
¿Está aprendiendo? ¿Está creando? ¿Está conversando con sus amigos? ¿Está encontrando una comunidad que lo acompaña? ¿O está buscando desesperadamente una validación que no encuentra en otros espacios? ¿Está entreteniéndose? ¿O está escapando de una tristeza que nadie ha escuchado?
Las redes sociales no van a desaparecer. Nuestros niños tampoco van a regresar al mundo anterior al teléfono inteligente. Por eso la respuesta no puede ser únicamente prohibir. Debe ser acompañar, educar, proteger, regular y escuchar.
Tenemos que enseñarles a nuestros niños y adolescentes que su valor no se mide en seguidores, reproducciones, comentarios o corazones. Que una pantalla puede mostrar muchas cosas, pero nunca puede definir quiénes son. Que la vida real tiene días buenos y días difíciles, y que ninguno de esos días determina por completo su valor como persona.
La discusión sobre una edad mínima puede ser necesaria. Pero sería un error creer que empieza y termina allí. La verdadera protección aparece cuando la edad, la regulación, el diseño seguro de las plataformas, la educación socioemocional, la familia y la escuela trabajan en la misma dirección.
Porque quizá el gran reto de la salud mental escolar en esta generación no sea conseguir que nuestros niños abandonen las redes, sino conseguir que puedan entrar y salir de ellas sin perderse a sí mismos.
Ese es el desafío que tenemos como familias, como escuelas y como sociedad. No se trata de apagar la tecnología. Se trata de encender nuestra capacidad de acompañar.
Por: Giovanni Ramírez Villamil
Autor en salud mental escolar y experto en política pública territorial
REFERENCIAS PARA PUBLICACIÓN
Organización Mundial de la Salud (OMS). “Las decisiones sobre los entornos digitales que condicionan la salud de nuestros hijos”. 1 de julio de 2026.
OMS/Europa. “Online lives, offline consequences: WHO/Europe urges coordinated action to protect youth mental health”. 23 de mayo de 2025.
OMS/Europa. “Teens, screens and mental health”. 25 de septiembre de 2024.
UNICEF. “Drawing a line in digital spaces: Taking stock of current and proposed age-based restrictions for social media”. Análisis actualizado al 13 de marzo de 2026.
UNICEF. “Age restrictions alone won’t keep children safe online”. 12 de diciembre de 2025.
American Academy of Pediatrics. “Age to Introduce Social Media”. Centro de Excelencia sobre Redes Sociales y Salud Mental Juvenil.
Australian eSafety Commissioner. “Social media age restrictions and your family”. Vigentes desde el 10 de diciembre de 2025.
Legifrance, República Francesa. Loi n° 2026-813 du 24 août 2026 visant à protéger les mineurs des risques auxquels les expose l’utilisation des réseaux sociaux.
Presidencia del Gobierno de España. “El Congreso da luz verde a la tramitación de la ley orgánica para la protección de los menores en entornos digitales”. 10 de septiembre de 2025.



Deja un comentario