COLUMNA DE OPINIÓN
Cuando cuidar a los estudiantes también empieza por cuidar a quien enseña
Hay una pregunta que deberíamos hacer con mucha más frecuencia en nuestras escuelas: ¿cómo está el profesor que todos los días pregunta a sus estudiantes cómo están?

Nos hemos acostumbrado a hablar de salud mental escolar pensando en niños, niñas y adolescentes. Hablamos —y debemos seguir hablando— de ansiedad, tristeza, acoso, soledad, violencia, conducta suicida, consumo de sustancias, dificultades familiares y de tantas situaciones que pueden atravesar la vida de un estudiante. Pero en medio de esa conversación hay una figura que suele quedar al margen: el adulto que está allí todos los días, que escucha, contiene, enseña, media, orienta y, muchas veces, recibe en silencio buena parte de las preocupaciones de sus estudiantes.
El docente también se cansa. También se preocupa. También puede sentirse desbordado. También necesita que alguien le pregunte cómo está.
El maestro no es de hierro
En Colombia tenemos un dato reciente que debería ayudarnos a abandonar algunos lugares comunes. La encuesta TALIS 2024 de la OCDE muestra que el 97 % de los docentes colombianos reporta estar satisfecho con su trabajo. No es un dato menor: habla de una profesión en la que, a pesar de las dificultades, existe un fuerte sentido de pertenencia y satisfacción profesional.
Pero satisfacción profesional no significa ausencia de desgaste. En la misma medición, el 34 % de los docentes señaló como fuente de estrés sentirse responsable por el rendimiento de los estudiantes; el 31 % mencionó mantener la disciplina en el aula y otro 31 % señaló tener demasiado trabajo administrativo.
Hay además un dato que obliga a mirar el problema desde la vida cotidiana. Los docentes de tiempo completo en Colombia reportaron 40,4 horas de trabajo semanal; dentro de ellas, 26,8 corresponden a enseñanza, 9,1 a preparación de clases y 6 horas a calificación y corrección.
Por eso no deberíamos caer en el error de decir que nuestros maestros están mal simplemente porque están cansados, ni tampoco en el extremo contrario de pensar que porque una gran mayoría está satisfecha no existe ningún problema. Las dos cosas pueden coexistir. Se puede amar una profesión y, al mismo tiempo, necesitar ayuda.
La salud mental escolar también tiene rostro de docente
En mis libros sobre salud mental escolar he planteado que la escuela es un sismógrafo del territorio. Allí se sienten primero muchos de los movimientos que atraviesan a una comunidad. El docente, por su cercanía cotidiana, suele estar en uno de los puntos más sensibles de ese sismógrafo.
El maestro observa cambios en la conducta, en el rendimiento, en las relaciones, en la manera de participar y hasta en la forma de entrar al salón. Muchas veces es quien nota que un estudiante ya no se ríe como antes, que está aislado, que dejó de entregar trabajos o que algo cambió en su manera de relacionarse.
Pero hay una pregunta que debemos hacernos: ¿quién observa al docente?
Porque el adulto que detecta señales de alerta también puede acumular las propias. Y no todas tienen que ver con una enfermedad. Algunas son simplemente señales de agotamiento, sobrecarga, frustración, falta de apoyo o necesidad de conversar.
Ahí es donde la salud mental escolar debe dejar de entenderse exclusivamente como una respuesta para el estudiante. Una comunidad educativa saludable también cuida a quienes hacen posible la experiencia educativa.
Quitarse la bata también significa dejarse cuidar
En mis propuestas he utilizado una expresión que resume una idea fundamental: quitarnos la bata. No significa perder el rigor profesional ni desconocer el papel de la psicología. Significa llevar el conocimiento al territorio, traducirlo en herramientas sencillas y permitir que la salud mental deje de ser un asunto encerrado en un consultorio.
Pero quitarnos la bata tiene otra lectura cuando hablamos de docentes: también significa recordar que ningún maestro tiene que convertirse en psicólogo de sus estudiantes. Su papel es fundamental, pero tiene límites.
La guía Teaching with Care, publicada por UNESCO, UNICEF y la OMS el 10 de septiembre de 2026, insiste precisamente en esa frontera. Los docentes pueden crear ambientes seguros, reconocer señales tempranas de malestar y conectar a los estudiantes con apoyos adecuados, pero no se espera que diagnostiquen condiciones de salud mental ni que proporcionen atención especializada. La guía también incluye estrategias para el bienestar de los propios docentes y el apoyo entre colegas.
Capacitar a un profesor para reconocer una señal de alerta no significa entregarle la responsabilidad clínica del caso.
¿Y quién cuida al cuidador?
La respuesta no puede ser otra capacitación sobre resiliencia en la que, al final, le digamos al docente que respire profundo y vuelva al salón. Claro que respirar ayuda. Claro que las herramientas personales son importantes. Pero si el problema está también en la organización del trabajo, no podemos convertir toda la responsabilidad en una obligación individual.
La OMS identifica entre los riesgos psicosociales laborales factores como cargas de trabajo excesivas, poco control sobre las tareas, falta de apoyo y condiciones laborales deficientes. Sus recomendaciones incluyen intervenciones organizacionales, reducción de cargas cuando sea necesario, mejor comunicación y trabajo en equipo.
Por eso cuidar al cuidador no puede reducirse a enseñar técnicas de relajación. También significa revisar cómo se distribuyen las tareas, qué espacios tiene el docente para hablar de lo que está viviendo, cómo funcionan los equipos, qué tan accesible es la orientación, cómo se gestionan los conflictos y qué ocurre cuando un profesor necesita apoyo.
Un docente no debería tener que llegar al punto de decir “ya no puedo más” para que una institución se pregunte qué está pasando.
El aula también recibe lo que el profesor trae consigo
Hay algo que pocas veces decimos: las emociones también entran al salón de clase. Entran con los estudiantes y entran con los adultos.
Esto no significa que un profesor tenga que llegar todos los días feliz. La escuela no necesita adultos emocionalmente perfectos. Necesita adultos suficientemente acompañados para poder ejercer su función sin tener que esconder permanentemente lo que sienten.
La OCDE encuentra en TALIS 2024 que las relaciones profesionales positivas con directivos, colegas, familias y estudiantes se relacionan con mayor bienestar y satisfacción laboral. También señala que los problemas de disciplina, la carga de trabajo, la adaptación a necesidades diversas y la responsabilidad por resultados están vinculados con diferencias importantes en el bienestar docente.
Esto nos muestra que cuidar al profesor no es una concesión. Es también una manera de cuidar la calidad de la experiencia educativa.
El semáforo también puede ser para nosotros
Durante años hemos enseñado a los estudiantes a reconocer sus emociones mediante herramientas como el semáforo. Verde para continuar, amarillo para detenerse, observar y pensar, rojo para reconocer que necesitamos una respuesta más inmediata.
Tal vez llegó la hora de preguntarnos si los adultos también necesitamos nuestro propio semáforo.
Verde: puedo reconocer cómo estoy, tengo espacios de descanso, puedo pedir ayuda y cuento con personas con quienes conversar.
Amarillo: llevo semanas sintiéndome agotado, estoy más irritable, me cuesta desconectarme del trabajo, he perdido paciencia con situaciones que antes podía manejar o siento que todo me sobrepasa.
Rojo: siento que no puedo continuar, estoy atravesando una crisis, existe un riesgo para mi integridad o la de otra persona, o necesito atención profesional inmediata.
El semáforo no diagnostica. No reemplaza una valoración profesional. Su utilidad está en algo mucho más sencillo: ayudarnos a detenernos antes de que el desgaste se convierta en una crisis
Cuidar al cuidador no es dejarlo solo con su autocuidado
Esta frase merece quedarse en las instituciones educativas: el autocuidado es importante, pero no puede ser la única política de cuidado.
Decirle a un docente que debe dormir mejor mientras se mantiene una sobrecarga que le impide desconectarse no resuelve el problema. Decirle que sea resiliente cuando enfrenta conflictos permanentes sin suficiente apoyo tampoco. Pedirle que cuide emocionalmente a sus estudiantes mientras nadie pregunta por su propia salud mental genera una contradicción que tarde o temprano termina pasando factura.
El cuidado tiene que ser individual, pero también institucional. Necesitamos espacios de escucha entre colegas, acompañamiento de los equipos directivos, orientación accesible, formación en primeros auxilios psicológicos con límites claros, protocolos para situaciones críticas y rutas que no recaigan sobre una sola persona.
Y necesitamos algo todavía más sencillo: permiso cultural para decir “necesito ayuda”.
No necesitamos profesores perfectos; necesitamos profesores acompañados
Una escuela protectora no es aquella en la que nadie se equivoca, nadie se cansa y todos sonríen. Es aquella en la que cuando alguien no está bien, existe un sistema que permite decirlo y recibir apoyo.
Por eso he defendido en mis propuestas de salud mental escolar una mirada que va más allá del caso individual. Mirar, escuchar, proteger, conectar y seguir. Esos cinco verbos sirven para nuestros estudiantes, pero también para quienes trabajan con ellos.
Mirar al docente y reconocer sus señales. Escucharlo sin convertir automáticamente su malestar en un diagnóstico. Protegerlo cuando existe una situación que requiere intervención. Conectarlo con los apoyos que correspondan. Y seguir: porque acompañar no significa preguntar una vez y desaparecer.
Si la escuela es un sismógrafo del territorio, el docente es uno de sus sensores más sensibles. No podemos pedirle que registre todos los movimientos de la comunidad mientras ignoramos las vibraciones que él mismo está sintiendo.
La pregunta que debemos empezar a hacer
Quizás mañana, cuando lleguemos a una institución educativa, antes de preguntar cuántos estudiantes fueron atendidos, cuántos casos se reportaron o cuántas actividades de salud mental se realizaron, deberíamos hacer una pregunta diferente:
¿Cómo están quienes todos los días cuidan a nuestros niños, niñas y adolescentes?
Porque detrás de cada docente hay una persona. Y detrás de esa persona también hay una familia, una historia, preocupaciones, sueños, cansancio y necesidades.
No podemos construir una escuela emocionalmente protectora con adultos que sienten que tienen que esconder permanentemente lo que les pasa.
El cuidado del cuidador no es un beneficio adicional del sistema educativo. Es parte de la salud mental escolar.
Y quizá la primera herramienta de prevención sea también la más sencilla: que alguien, antes de pedirle al maestro que cuide a los demás, se siente a su lado y le pregunte, sin afán y sin formulario de por medio:
¿Cómo está usted?
Por: Giovanni Ramírez Villamil
Autor en salud mental escolar y experto en política pública territorial
Fuentes y respaldo técnico
OCDE (2025). Results from TALIS 2024 – Country Note: Colombia. Datos sobre estrés docente, jornada laboral, satisfacción y condiciones de trabajo.
OCDE (2025). Results from TALIS 2024 – The Demands of Teaching / Thriving in Teaching. Análisis internacional de carga de trabajo, disciplina y bienestar docente.
OMS (2024). La salud mental en el trabajo. Factores de riesgo psicosocial y medidas organizacionales de prevención.
UNESCO, UNICEF & OMS (2026). Teaching with Care: A practical guide for teachers to support mental health and well-being in schools. Publicado el 10 de septiembre de 2026.
Documento base del autor: Propuesta Técnica y Económica – Sistema de Gestión de Salud Mental Escolar para Chía. Conceptos utilizados: escuela como sismógrafo del territorio, MIRAR–ESCUCHAR–PROTEGER–CONECTAR–SEGUIR, Semáforo, PAP, cuidado del cuidador y quitarnos la bata.



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